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Carlos Sadness

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Se llama Fransuá (pero se pronuncia Françoise) y es viejo, muy viejo. Y nervioso, muy nervioso. Lleva toda la vida viajando, no ha estado quieto nunca, desde que salió del vacío.

Fransuá (pero se dice Françoise) os podría hablar de las veces que ha dado la vuelta al mundo. Siempre en movimiento, disfrutando de la vida a la velocidad de la luz.

Fransuá (pronunciado Françoise) siempre está de paso. Lo ve todo, lo siente todo, lo prueba todo, pero siempre deprisa, siempre volando, saltando de sitio en sitio sin darle tiempo al tiempo.

Pero hoy Fransuá (al que conocen como Françoise) mientras volaba por la vida ha escuchado la música. Sin parar ha dado media vuelta y se ha dirigido, como un relámpago, hacia el sitio de donde salía la música. Pero no era la música lo que lo ha atraído. Era la energía positiva que se desprendía de los que la tocaban (un puñado desarrapado montaba un concierto en la terraza).

Fransuá (Françoise lo llaman) siempre es atraído por la energía positiva.

Es lógico, porque Fransuá (Françoise) es un electrón. Y hoy, por primera vez desde el inicio de los tiempos, se ha detenido a escuchar y a disfrutar de la energía positiva que, por una vez, no era de un protón (verbenero).

Y mientras todo se detenía a su alrededor, Fransuá sólo ha podido murmurar dos palabras:

Qué electricité

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