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Grison y Tuli

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Era una ciudad de ruido. Y en ella, el niño sin voz languidecía. Triste y melancólico, paseaba por las ruidosas calles, oyendo el rugir de motores y de conductores, los saludos a gritos de gente que no quería saludarse, y las preguntas en voz alta de la gente que no escuchaba los gritos de las respuestas.

Él no tenía voz, y no soportaba el ruido.

Paseaba silencioso en medio del océano urbano, nadando a contracorriente en un mar de estridencias, pensando seriamente en acabar con todo: dejarse llevar por la corriente y ahogarse en el estruendo.

De repente los vio. Vestían raro: monos en una ciudad de trajes, uno de ellos con un ridículo sombrero que nadie llevaría, y el otro con una larga coleta que contrastaba con el corte cepillo de los escandalosos ciudadanos.

Se miraban fijamente… EN SILENCIO!

El niño sin voz dejó de nadar y se quedó mirando… escuchando por primera vez. Pero no había nada que escuchar, puesto que ninguno de los dos hablaba ni hacía ruido alguno.

De repente, el del sombrero alzó una mano y golpeó el aire frente a él. «Cloc, cloc, cloc». Era un sonido inverosímil, ¿cómo podía sonar el aire al ser golpeado? De repente comprendió.

Y así, en medio del ruido, el silencio de su risa se expandió por toda la ciudad, rebotando en las paredes de gritos, atravesando el rugir de motores (y de conductores) como un cuchillo caliente atraviesa la mantequilla. Y la gente dejó de oír los gritos y escuchó su silenciosa carcajada. Y la ciudad fue un poco más feliz.

Y ahora el niño, ya mayor, se acuerda de esos dos hombrecitos que cambiaron su vida, y todavía se ríe, en silencio, estirado en su

Chaise Longue

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