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Cuento I: Sagu

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Hace muchos, muchos años, en Zumaia vivía un ratón. No era un ratón grande y fuerte, pero era alegre y valiente, y le gustaba ayudar a la gente.

Pero era un ratón, y eso quiere decir “pequeñito y que no habla”. Y es muy difícil ayudar a la gente siendo pequeñito y sin saber hablar. Además, como era un ratón, siempre que se acercaba a alguien, intentaban cazarlo, o ponerlo en una jaula para verlo correr en una ruedecita que no iba muy lejos. Y no hablemos de los gatos. No, mejor no hablemos de los gatos.

Un día, por el camino del pueblo (los ratones viven arriba, en los campos, donde se respira mejor aire, se encuentran mejores semillas y los gatos son más tontos) el ratoncito vio un hombre sentado en una piedra grandota (quizá ya sabéis a qué piedra me refiero: ésa que está al lado del camino bajando hacia Zumaia), con la cara entre las manos como si estuviera muy, muy, pero que muy cansado.

“Pobre hombre”, pensó el ratón. “Parece que tiene un problema muy grandote. Ojalá pudiera ayudarle.”
Pero era sólo un ratoncito de campo, y no sabía hablar, así que se quedó sentado sobre sus patas traseras, limpiándose los bigotes con sus manitas mientras miraba al hombre sentado.

El ratoncito, que creía conocer a toda la gente de Zumaia miró al hombre sin saber quién era: no había nadie en Zumaia que llevara un zurrón tan grande colgando. Y mucho menos que llevara una laaaaarga bufanda roja alrededor del cuello. ¡En pleno verano! Ni que pareciera tan triste y solo…

Así que, aunque era sólo un ratoncito, y aunque no sabía hablar y la gente le tiraba cosas o intentaba golpearle con una escoba cuando lo veía, el ratoncito se acercó al hombre y, con su pequeña manita, dió un par de tironcitos a los pantalones del hombre para llamar su atención: tic, tic…

El hombre apartó las manos de su cara y miró a su tobillo izquierdo. ¿Qué hacía un pequeño ratón de campo dando tirones de su pantalón? Se agachó poco a poco, estiró su mano derecha y dejó que el ratoncito se subiera a su mano. Entonces, suavemente, lo levantó para poder mirarlo mejor.

Hola ratoncito – dijo el hombre -, ¿cómo te llamas?
Me llamo Sagu – dijo el ratoncito -, pero no sé hablar.

Sorprendido al oir sus propias palabras, el ratoncito se llevó sus manitas a la boca y se le pusieron los ojos como platos del susto. Así: O.O

Pero… Pero… – al ratoncito no le salían las palabras, ahora que sabía que sabía hablar. Sí, lo has oído bien: ahora que sabía que sabía hablar: antes sabía hablar, pero no sabía que podía hacerlo.
Hola Sagu – dijo el hombre suavemente -. Dime, ¿por qué has dado esos tironcitos a mi pantalón? ¿No sabes que le molesta que se lo hagan? ¿Te gustaría que yo te diera tironcitos de la oreja?

El ratoncito (o Sagu, ahora que ya sabemos cómo se llamaba) se quedó más sorprendido todavía: ¿pantalones a los que no les gustaba que les dieran tironcitos?
(recordad que era un ratoncito, y sus padres nunca habían llevado pantalones… pero seguro que vosotros habéis visto que a veces vuestros padres se enfadan cuando tiráis de sus pantalones mientras hablan con otras personas: es porque los pantalones se enfadan y les pellizcan el culete).

Lo siento mucho – dijo Sagu, mirando los pantalones del hombre -, pero es que no sabía que no les gustaba: yo nunca he tenido pantalones.
No pasa nada, Sagu, seguro que lo entienden y te perdonan – dijo el hombre.

Y ahora estaréis pensando: “¿y por qué no le perdonaban los pantalones?”. Pues es muy fácil: ¡los pantalones no hablan!

Pero dime, pequeño Sagu, ¿por qué me has dado esos tironcitos? – dijo el hombre.
Porque parecías muy triste y preocupado – contestó Sagu -, y quería saber por qué y si podía ayudarte… Aunque sólo soy un ratoncito pequeño que no sabe hab… que no sabía que sabía hablar. ¿Qué te pasa? – le preguntó con su nueva vocecita (que era tan vieja como él, pero que llevaba mucho tiempo esperando a que Sagu la utilizara).

El hombre se rascó la barba (no muy larga, y no muy corta… y no os asustéis, la barba tampoco hablaba) y miró a Sagu lentamente: como si lo midiera. Sagu era más o menos así de alto (como vuestra manita desde la muñeca hasta la punta del dedo índice), y parecía rápido con sus patitas traseras como un pequeño muelle. Y sus manitas parecían como las vuestras, sólo que muuuucho más pequeñas (claro: era un ratoncito) y con los dedos mucho más largos que la palma. Era como… como… ¡ah! Era como un ratoncito de campo.

Pues verás – empezó el hombre -, es verdad que tengo un problema muy grande, y es verdad que necesito ayuda. Hay demasiados niños en el mundo, y además ahora la gente construye las casas mucho más grandes y la mayoría sin chimenea.

El ratoncito volvió a poner los ojos como platos O.O y, temblando, le preguntó:

¿Eres Papá Noel? – claro: la barba, la bufanda roja, y el zurrón, donde seguro que llevaba los regalos.
¿Papá Noel? – dijo el hombre – ¿Yo? – ahora era el hombre el que ponía los ojos como platos. Vaaaale, una vez más. Así: O.O

El hombre se echó a reir suavemente.

No, ¡qué va! – contestó al rato – Papá Noel está muuucho más gordo que yo, y es muuucho más viejo. Además, siempre que sale de viaje va en trineo, y sólo sale en Navidad o cuando necesita comprar más regalos para Navidad (con tanto niño los elfos no siempre pueden fabricar suficientes regalos). Yo sólo soy un viejo comerciante, que va por el mundo cambiando cosas…
¿Y qué cambias? – preguntó Sagu.
Dientes – dijo el hombre con una gran sonrisa.
¿Dientes? ¿Y para qué quieres los dientes? – dijo Sagu sorprendido – desde aquí parece que los tienes todos.
No son para mí, ¡bobo! Los tiro al mar.

Definitivamente, pensó el ratoncito, este hombre estaba loco. Quizá se había perdido al salir a pasear y como estaba un poco chiflado no sabía volver a su casa. ¿Sería de Getaria? Sagu había oído decir a los mayores que cuando uno habla con un chiflado (uno que no sea peligroso, o que no parezca enfadado), era de buena educación fingir que lo entendía y que no estaba chiflado.

Ah, claro – dijo pues -, los tiras al mar. Si es que a veces me olvido que los dientes son para tirarlos al mar, perdona.
Oh – dijo el hombre sorprendido -, ¿ya lo sabías? Pues no es mucha gente la que lo sabe.

De nuevo, Sagu se sorprendió: ¿sería posible que realmente ese hombre pensara que los dientes había que tirarlos al mar? Como necesitaba pensar un poco, se lamió las manitas y se empezó a limpiar la naricita: zip, zip… zip, zip.

Vaya – dijo el hombre al rato -, no me crees. Piensas que soy un pobre chiflado y por eso finges que me entiendes. Vaya, eres un ratoncito muy bien educado.
Eeehh… oohhh… puess… – Sagu no sabía qué decir.
No pasa nada, mi pequeño amigo. Supongo que hace mucho tiempo de eso, y es algo muy largo de contar. Pero te diré que desde hace muuuuuuuchos años, mi trabajo consiste en recoger los dientes que se les caen a los niños y llevarlos al mar, para que las sirenas fabriquen las conchas.

“Vale”, pensó Sagu, “no es un chiflado, es que está como una cabra. ¿Se habrá golpeado la cabeza o algo?”

No me mires así, Sagu. Y no pienses tan alto, que no me dejas oir. Y no, no me he golpeado la cabeza ni “algo”.

De nuevo Sagu puso los ojos como platos. No, otra vez no lo haré. Que no. Bueeeeeno… así: O.O

¿Lees la mente? – preguntó Sagu, asustado.
No digas tonterías, eso es imposible – contestó el hombre -. Pero te has olvidado de apagar tu voz cuando has pensado que estoy loco.

¡Claro! Como era la primera vez que Sagu hablaba, todavía no sabía muy bien cómo apagar la voz cuando pensaba…
¡Eh! No os riáis de Sagu, él no había aprendido a hablar de pequeñito como vosotros. Es muy difícil cuando empiezas de muy mayor.

Perdona por haberlo pensado tan al… digo, por haberlo dicho en voz alta – dijo Sagu, arrepentido -. Pero comprenderás que no me crea tu historia. Todo el mundo sabe que las sirenas no existen.
¿Ah no – dijo el hombre -? Vaya, pues me sé de una a la que no le hará mucha gracia cuando se entere… es muy quisquillosa y le molesta mucho que le digan que no existe.
¿En serio? ¿Existen las sirenas – Sagu ya no sabía qué pensar… o decir… o pensar -?
¡Pues claro – dijo el hombre -! Que no hayas visto ninguna no quiere decir que no existan. Ellas nunca han visto un ratoncito pero no van por el mundo diciendo que estoy loco por hablar con uno.
Oh… no lo había pensado.
No pasa nada. Será un secreto entre nosotros – dijo el hombre en voz baja -. Pero si algún día paseando por la playa ves una, no le digas que no existe, que podría enfadarse contigo.

Sagu se rascó tras la oreja: ric, ric, ric, ric. Para ser la primera vez que hablaba con alguien, la conversación estaba siendo muy rara. Imaginadlo: de noche, en un camino, sobre una piedra: un hombre con un zurrón y una bufanda roja hablando con un ratón de campo sobre sirenas. ¿Quién podría creerse una cosa así?

Oye – dijo cuando terminó de rascarse -… ¿Y para qué quieren las sirenas los dientes de los niños?
Para fabricar conchas, claro – dijo el hombre, como si fuera la cosa más normal del mundo.

Miró largamente a Sagu, como pensando “para mí que este ratoncito nunca ha leído un libro sobre las fábricas de conchas y caracolas del Kantauri”. Se rascó la cabeza con la mano libre y estiró la espalda como si estuviera cansado. Miró de nuevo al ratón, murmurando: “quizá…. si… podría… manitas… pero ¿dónde…?” Y al final, pareció decidirse:

Oye Sagu: pareces un ratoncito muy amable. Dime, cuando me has preguntado si podías ayudarme… ¿lo decías en serio? ¿Te gustaría echarme una mano? O dos manitas, para ser más exactos.
Claro – dijo Sagu -, me gusta ayudar a la gente, aunque nunca puedo, porque me tiran cosas, o me meten en jaulas y me hacen correr en ruedecitas que no van muy lejos. Por no hablar de los gatos. No, no hablemos de los gatos.
Pues mi pequeño amigo, creo que a mí podrías ayudarme mucho – dijo el hombre seriamente -, y no tengo jaulas ni ruedas ni gatos.

El hombre apoyó a Sagu suavemente en su rodilla, y mientras Sagu intentaba no clavar sus uñitas en el pantalón (como si pensara que a los pantalones les molestan las uñas… si todo el mundo sabe que lo único que molesta a un pantalón es que les den tironcitos… bueno, y las manchas de tomate, claro), empezó a rebuscar en el zurrón.

Pues mira – dijo el hombre con la cabeza metida en el zurrón -, resulta que como la gente cada vez construye casas más altas con chimeneas más estrechas (¡o incluso sin chimeneas!), cada día me resulta más difícil entrar en sus casas para recoger los dientes que me dejan los niños cuando se les caen.
Ah, no lo había pensado – dijo Sagu, al que nunca se le había caído un diente (los dientes de los ratones no caen: van creciendo y creciendo y creciendo, y por eso les gusta tanto comer semillas duras: para gastarlos y que no les lleguen al suelo) -.
Pues yo tampoco cuando acepté este trabajo – dijo el hombre -. Y ahora me encuentro que tengo que recoger un diente en la casa de Juls y no puedo entrar, porque vive muuuuy arriba y no tiene chimenea. Y claro, con este tiempo no les voy a pedir a sus padres que dejen la ventana abierta: hace frío y las niñas podrían resfriarse.
¿Y cómo te puedo ayudar yo – dijo Sagu -?
Fácil – dijo el hombre, sacando la cabeza del zurrón – podrías subir tú a su casa, recoger su dientecito y traérmelo.

El hombre acercó sus manos a Sagu y, delicadamente, le colgó al hombro un pequeño zurrón muy parecido al suyo y enrolló alrededor de su cuello una pequeña y bonita bufanda roja.

Y así lo hicieron: Sagu subió a casa de Juls, entró en su habitación sin hacer ruido (bueno, hizo el típico “clic, clic, clic” que hacen los ratoncitos al andar con sus patitas por una casa, pero eso nosotros no podemos oirlo), cogió con sus manitas el diente que ella había dejado, lo puso en su zurrón y se lo llevó al hombre.

¡Eh! No creáis que se olvidó del trato: en el lugar donde Juls había dejado el diente, Sagu dejó un pequeño regalito para la niña, de parte de las sirenas, para darle las gracias por ayudarles a fabricar caracolas y conchas.

Y funcionó tan bien que desde aquel día, cada noche Sagu sale de su madriguera en el campo con su bufanda roja y su zurrón al hombro y recorre las casas de Zumaia cambiando los dientes que les caen a los niños por pequeños regalos de parte de las sirenas.
Y cuando empieza a salir el sol, Sagu va hacia el puerto con su zurrón lleno y echa los dientes al mar, esperando ver una sirena.

Y si la ve, estad seguros de que no le dirá que cree que no existen, no sea que sea precisamente esa sirena la que se pone de mal humor cuando se lo dicen.

Y el hombre de la bufanda roja y el zurrón sigue con su trabajo, pero ya no está tan cansado, porque en cada pueblo ha buscado un ratoncito o un pájaro valiente para que le ayude.

Así que si algún día, paseando por los campos de Zumaia véis un ratón no le tiréis nada, ni lo pongáis en una jaula para que corra en una rueda que nunca va muy lejos, ni dejéis que se lo coma un gato. Quién sabe, quizá es amigo de Sagu.

Y si veis un ratoncito con una bufanda roja al cuello y un zurrón al hombro, saludadle de mi parte y decidle que cualquier día de estos me pasaré por Zumaia. Que me busque en la piedra donde nos vimos por primera vez, y así charlaremos de sirenas y de sus fábricas de conchas. O quizá le explique la historia de la estrellita valiente que quiso conocer a los niños.
Sagu_www

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