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La historia de amor más bella jamás contada

La conoció en casa de su abuela, y fue amor a primera vista. Estuvo suspirando por ella durante semanas antes de decidirse y, como era un chico formal, decidió acercarse a ella por carta.
Le escribió casi cada día durante meses. Y ella respondía al día siguiente sin falta.
Cada tarde, llegando de la universidad, cogía su foto y la contemplaba embobado durante horas. Luego se dirigía a su escritorio, cogía un folio en blanco (folio, que no A4), un sobre en blanco y una pluma sin tinta.
Y se ponía a escribir.
Le contaba cómo le había ido todo, lo mucho que la echaba de menos y lo más que pensaba en ella durante todo el ´dia. Le contaba sus planes de futuro, que pasaban siempre por el portal de su casa, recogiéndola en un coche (de caballos) y emprendiendo la huída en la noche para viajar a los más recónditos lugares.
Cuando terminaba, repasaba mentalmente lo escrito, ponía el folio (que no A4) en el sobre, lo cerraba y lo dejaba sin escribir remitente o destinatario en el cajón del escritorio mientras soñaba despierto con ir al buzón a mandar la carta.
Al cabo de un rato, abría el cajón y sacaba de él la respuesta de ella. O abría el cajón y sacaba de ella la respuesta de él.
El mismo sobre, sin remitente ni destinatario. Dentro un folio (que no A4) escrito sin tinta. En pluma. Por la mano de ella. Y suspirando la leía. A ella. Y a la carta. En ella leía lo feliz que la hacía al pensar en ella, lo tonto que era al imaginar que huían, sabiendo que su amor era imposible. Pero a pesar de lo imposible de su amor, él cada día leía de su mano una carta escrita con una pluma sin tinta, metida en un sobre sin destinatario ni remitente, enviada por ella para él.
Y luego contemplaba su foto durante horas.
Una vieja foto en sepia, encontrada en el altillo de casa de su abuela, en un viejo álbum de fotos que ni siquiera su madre sabía de quién era, quizá incluso de antes de que sus abuelos compraran la casa.
Ella debía llevar décadas muerta, pero su amor era tan puro y tan intenso que los dioses se apiadaron de él.
Y le dejaron morir joven, dormido en su habitación, abrazando melancólico la imagen de su amor.

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